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Origen de la frase que distingue a la escuela Normal experimental de Colotlán, Jal.

A principios de 1966 cursaba el 3º de Secundaria y aún no tenía en claro qué hacer con mi vida, qué estudiar, lo que menos se me hubiera ocurrido era ser profesor. Costumbre en el pueblo era que a determinada edad numerosos jóvenes escapaban de casa para irse a la ciudad o a los Estados Unidos a buscar una oportunidad de ocuparse en algún trabajo que les permitiera ganar su propio dinero para subsistir, no fue la excepción conmigo. Por el mes de marzo de aquel año, un primo y yo hacíamos planes para huir de la casa y aventurarnos en la búsqueda de un empleo. Por fortuna tuvimos un chispazo de inteligencia que nos indicó que ya faltaban poco más de dos meses para terminar la Secundaria, que bien podíamos esperar y luego irnos a buscarle a la vida.

En esa espera, un amigo de nuestros padres, el Profr. Felipe Valdez Pacheco, a quien estaré siempre agradecido, les sugirió que nos enviaran a estudiar al Centro Normal Regional de Cd. Guzmán, Jal. Con gusto aceptamos, veíamos ahí la oportunidad de irnos de casa como habíamos planeado y en mi caso no precisamente por la idea de ser maestro. Logramos ingresar luego de un examen de selección con miles de aspirantes compitiendo por un lugar en el CNR, hoy CREN (Centro Regional de Educación Normal).

Fueron los años más maravillosos en mi vida de estudiante, estuve en la mejor escuela, tuve excelentes maestros, los mejores compañeros, un gran ambiente normalista y las vivencias necesarias para entender y valorar la responsabilidad docente.

En mis años de servicio obviamente ha habido de todo: dificultades, desaciertos, satisfacciones, en fin. Recuerdo muchas caritas expectantes, de alumnos y padres de familia, esperando lo mejor de su maestro; eso contribuyó para que fuera conformando poco a poco la concepción de importancia y grandeza que implica esta profesión.

Aquí en esta escuela Normal, en sus primeros años y por buen tiempo, organizamos concursos diversos con los grupos de alumnos: de bailables regionales, de poesía y declamación, de canto del Himno Nacional, de tablas gimnásticas, de periódico mural y más. A mediados de los ochentas, se nos ocurrió que en lugar de concursos específicos se presentaran festivales escolares por cada grupo, para que los normalistas se ejercitaran en la preparación y presentación de programas completos: bailables, danzas, canciones, sainetes, poesías, obras de teatro, rondas, etc. que deberían de presentar cuando estuvieran en servicio. Cada mes se presentó un festival.

En uno de ellos, se hizo una pequeña escenificación en donde representaban al Ser Supremo llamando a cuentas a los diferentes profesionistas, para valorar su paso por el mundo y así desfilaron uno a uno presumiendo sus creaciones: el arquitecto dijo ser el diseñador de grande obras, edificios monumentales, templos, puentes sorprendentes y la morada del ser humano; el ingeniero dijo ser el ejecutor de esos diseños y con ello haber cumplido en la vida; el médico destacó su labor velando por la salud de la humanidad, el sacerdote se dijo salvador de almas, el político anunció su participación en la elaboración de leyes para regir la vida del hombre y luchar por su bienestar social; el historiador indicó la importancia de su trabajo al registrar los acontecimientos en la vida del hombre, guardándolos en la memoria del tiempo; y así pasaron todos rindiendo cuentas y justificando su existencia; sólo quedó uno, viejito, humilde, sonriente, de buen talante y el Ser Supremo le preguntó: ¿Y tú quién eres y qué has hecho? Yo, respondió tímidamente, pero con gran satisfacción: enseñé a todos ellos.

No he olvidado esa representación teatral que hicieron mis alumnos y fue el toque final al reconocimiento que le tengo a la tarea de ser maestro.

Años más tarde, en febrero de 1990 se me asignó la responsabilidad de la Dirección de esta escuela y el primer día en funciones se me ocurrió que en una de las paredes del pórtico de acceso, había que tener algo importante, ilustrativo de la tarea que nos compete y mandé pintar el escudo del plantel, éste encierra tres palabras que esperé recordaran a la comunidad normalista el pensamiento de esta escuela: Superación, Trabajo, Disciplina; además que fuera el mensaje con que la ENECO recibiera a toda persona que ingresara al edificio.

Al ver el escudo solo, sentí que hacía falta algo que lo acompañara, un lema, algún texto breve que hiciera referencia a la profesión, me di a la tarea de elaborarla, no encontraba una idea clara hasta que recordé aquella representación teatral que ya referí y pensando en que el maestro forma a todos los demás, resultó esa frase: “Cuál profesión sino el magisterio para construir al hombre”.

Desde finales de febrero o principios de marzo de aquel año 1990, está ahí y por fortuna a ningún Director posterior a mí se le ha ocurrido desaparecerla, por el contrario ha sido muy utilizada en discursos y documentos. Hoy agradezco al Mtro. Leonel de Jesús Mayorga Anaya, actual Director, este evento que para mí no era necesario y menos para mencionarme; eso no importa, lo que sí es importante es reconocer su contenido y lograr que cada maestro que se forma aquí asuma la conciencia de la verdad que encierra ese pensamiento.

Estoy totalmente convencido de la relevancia y trascendencia del papel social del educador y creo muy justo que se le reconozca su valor y lo necesario que es para la formación de las personas.

Por eso mismo, cuando precisamente el Profr. Felipe Valdez Pacheco asume la Presidencia Municipal de Colotlán, vi la oportunidad y solicité al cabildo que se le asignara a la calle donde se ubica esta escuela Normal el nombre de Avenida del Maestro, como un reconocimiento permanente al docente, al educador, al constructor de hombres; se aprobó y desde el día 27 de marzo de 1992 lleva ese nombre.

Creí necesario señalar al inicio de mi intervención que yo no pensaba ser profesor y cómo fue que llegué a una escuela Normal, porque hoy, a punto del retiro, si tuviera que empezar mi vida y elegir una carrera, en absoluto no lo dudaría: volvería a ser maestro; esto lo han dicho muchos y les creo, porque hay suficientes motivos para querer a esta profesión.

Compañeros maestros, jóvenes normalistas, futuros educadores: no pierdan de vista la esencia de esa frase y demuestren siempre que es imprescindible el maestro para formar al ser humano y con el éxito requerido; quieran siempre su profesión, quieran siempre lo que hacen y háganlo con el corazón y con la razón; formen hombres de calidad.

Gracias a todos.